El día 15 de mi diario de prácticas empieza así:
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Hoy, en clase de tercero de la E.S.O., hemos probado la integridad estructural de los puentes que se han desarrollado a lo largo de las últimas tres sesiones. Hemos dedicado parte de la sesión de hoy a retocar los proyectos y, finalmente los hemos puesto a prueba.
Uno de los puentes que hemos testeado ha sido un puente que tenía en gran estima. Un puente con un bonito diseño que, ha probado ser lo suficientemente resistente. El día 1 del diario de prácticas me concentré especialmente en la observación del aula y del profesor. En aprender como gestionar un aula. No hice mención de ello en el día 1 del diario pero era un puente que me llamó la atención en muchos sentidos.
La prueba de hoy consistía en poner 10 kilos encima del puente y, que este fuese capaz de soportarlos. A continuación, y tras probar su integridad de seguridad, se procede a aplicar fuerza para deformar el puente mientras se graba en video tanto por planta como por alzado. El objetivo, saber por conde se deforma para saber cuales son los puntos a reforzar.
Al aplicar la fuerza, el estudiante que la aplicó ha sido especialmente torpe. Y casi estoy seguro que nada más. Ha aplicado la fuerza bastante bruscamente y el puente se ha roto diría que en cosa de un segundo, cosa que hasta ese momento no había ocurrido en los anteriores. Era el último puente que quedaba por probar. Lo que se han dado es dos respuestas diferentes:
Mikel, mi tutor en prácticas, ha sabido ser un buen profesional y, le ha dicho que cómo ha aplicado tanta fuerza de golpe si lo que se pretendía era grabar en video para analizar sus puntos débiles. Yo en cambio, le he dicho al estudiante que romper las cosas no está bien, y menos por porque sea más bonito.
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El chaval se llevó un disgusto tremendo, se le veía en la cara. Se ha comido dos broncas por hacer lo que le han dicho «a su manera».
Esa noche me eché pensando en lo ocurrido cosa de media hora antes de reconciliar el sueño. El chico no tenía la culpa. Eso si, había sido un poco manazas, jeje.
A lo largo del día siguiente, me pasé pensando la manera de compensar «la innecesaria bronca del profe de prácticas», porque el chaval segía bastante enfadado (prueba de que no lo había hecho queriendo). Me acordé de una cosa bonita que aprendí a lo largo de mi experiencia como marino: a hacer pulseras.
Esa misma tarde salí del centro y fuí a comprar un cordón blanco, brillante. Parecido al que tenía en la mar. Y le hice una pulsera preciosa, aunque con un pequrño «fallo».
El día siguiente, fuí a su clase justo 5 minutos antes del recreo y pedí permiso al profesor de ciencias que estaba dando clase para decir unas palabras: le pedí perdón delante de toda la clase que estuvo presente cuando le llamé la atención, les expliqué que si una persona hace algo así ha de ser lo suficientemente humilde como para admitir su metedura de pata, así como tiene que pedir perdón delante de todos los que estuvieron presentes cuando se comete el error de hacer algo así.
Y le regalé mi pulsera.
La clase se emocionó y aplaudieron, mientras por el rabillo del ojo observaba la sonrisa que comenzaba a aparecer en la boca del chico, dandome las gracias con la mirada y mostrando su emoción, en silencio.
Poco después, a la hora del recreo, le expliqué la razón del fallo de la pulsera: aun queriendo hacer las cosas lo mejor posible, nada es perfecto. Lo único que hay que intentar en la vida es hacer las cosas lo mejor posible para que no salgan peor.
Gracias por enseñarme a ser mejor profesor, Unai
Se llamaba igual que yo.